martes, 23 de septiembre de 2014

Para María, estas son sus cuatro palabras:

(Es necesario leer los dos relatos anteriores)


Agua, calor, armario, silla.

No se improvisar. Nunca he sabido y eso es algo que me ha pasado factura a lo largo de los años. Odio los momentos en los que la presión te acecha y te agobia hasta tal punto que el aire de tu estómago es obligado a salir por tu boca en forma de sonido que rompa ese silencio incómodo. En mi caso la incomodidad se acostumbra a superar cuando el sonido aparece.
-¿De quién es?- Digo mientras tomo conciencia de lo que acabo de decir.
-¡Raúl, por favor! – Me dice mientras se lleva las manos a la cara.
-Ya…  ¿lo sabe Iván?
-No. Eres la primera persona en saberlo… este hijo podría haber sido tuyo Raúl.- Me dice sin saber que es en lo único en lo que llevo pensando todo este rato.
-Disculpen pareja pero deben abandonar el autocar.- Nos dice el conductor desde la parte delantera.
Carla se levanta sin mirarme y me aparta con el brazo para abrirse paso. Sus palabras retumban en mi cabeza y sólo la estúpida idea de pensar en qué nombre le pondría a mi hijo consigue hacerme desviar la atención del patético reflejo que me devuelve la ventana.
Bajo del autocar y una bofetada de calor me hace tomar conciencia de la situación. El paisaje es inmejorable, el césped está recién cortado y huele a color verde, la vista se pierde detrás de unos olivos centenarios y el punto de fuga termina en unas rocas golpeadas con fuerza por el mar. Laura lo ha vuelto a conseguir, hacía tiempo que no tenía tantas ganas de vomitar.
Veo un cartel rosa pastel con letras doradas que indica el lugar al que debemos dirigirnos. En la  dirección que marca alcanzo a ver al resto del grupo fundido entre la multitud. Todos menos Carla. Me dirijo hacia ellos arrastrando los pies y me agacho para arrancar un poco de hierba. La acerco a mi nariz y cierro los ojos, ¿a dónde diablos estoy viajando? No consigo aclarar el recuerdo pero estoy seguro que este olor me ha hecho feliz.
Me adentro entre los invitados esquivando bandejas de croquetas de foie y brochetas de shitake.
-Raúl ¿estás bien?- Me pregunta Luis.
-No podría estar mejor ¿por qué lo preguntas?
-Estás un poco pálido y llevas hierba en la mano… ¿no te estarás fumando un porro a escondidas?
-Eh… no, sólo es césped. Estoy bien… ¡Mierda! La pitillera.- me maldigo al recordar que con el notición he olvidado recogerla del autocar.
-¡Lo sabía! Tú te has fumado un canuto.- Me dice Luis mientras me coge el hombro en un gesto cómplice.
-¡Que no, joder! ¿Habéis visto a Carla?- Pregunto buscándola con la mirada.
-Todos la hemos visto, aunque algunos la hayan mirado más que otros.- me dice Fede alzando su copa de vino blanco.
-¿Alguien quiere truita? ¡Está collonuda!-  Comenta Iván que acaba de llegar con un plato de quiche.
-No, gracias. Iván ¿has visto a Carla?
-Sí y tanto. Ha ido al baño, últimamente se pasa el día fotent pipí.
Bendito karma dame fuerzas para no partirle la cara.
-Ah, ok. Voy a por algo de bebida.
-¡Te sigo! Estoy seca.- Me dice Leo recogiéndose una miga de pan de la comisura del labio y haciéndola desaparecer con la fricción de sus dedos.
Nos acercamos a la barra esquivando pamelas del tamaño de Canadá hasta conseguir meter el codo en la barra.
-Un whisky por favor. Con agua. – Le digo al camarero mientras noto la mirada de Leo clavada en mí.
-A mi póngame un spritz. Gracias. Vas fuerte Raúl, ¿seguro que todo va bien?
-Va mil millones de kilómetros de ir bien Leo. ¿Sabes guardar un secreto?
-Mira bonito, no salí del armario hasta los veinticinco. Soy todo oídos.- Me dice mientras aprieta sus labios y hace girar una llave imaginaria junto a su boca.
-Carla está embarazada.
-¡Pero que has hecho maricón!
-Que no Leo, que no es mío. Es de Iván.
-Pues debe ser niño, por eso está tan guapa. Y ¿de cuánto está?
-No lo se Leo, pero he sido el primero en saberlo y me ha dicho que podría haber sido mío y tiene razón y yo sólo hago que pensar en ella a cada instante y…
-Raúl, Raúl, para. No montes un numerito aquí delante, no te pega. Respira hondo, bébete tu copa y aclara tus ideas. Carla está con las hormonas revolucionadas y no sabe lo que dice, no tomes al pie de la letra lo que hayas creído entender o saldrás lastimado.
-No se puede perder nada cuando lo has perdido todo.
-¡Uy, mira la Meryl Streep! Si vas a jugar tus cartas como la reina del drama, será mejor que te de un consejo: No lo hagas. No hay nada que funcione peor para conquistar a una mujer que un hombre herido. Y mucho menos a una mujer embarazada. Raúl céntrate, Carla nunca ha dejado de estar enamorada de ti, no seas egoísta e intentes recuperarla ahora que ves que la puedes perder.
-Eso no es así Leo.
-Eso es así Raúl, pero no debo ser yo el que te haga verlo. Si me permites un último consejo prometo dejarte en paz.
-Entenderé paz como un eufemismo. Dime.
-Pon en una balanza lo que te gusta de Carla y lo que no. Y luego haz una lista con las cosas que dejaste de hacer por estar con ella y las cosas que hiciste por estarlo. Hay dos tipos de personas en una relación, las que son felices y las que hacen felices. Cuando acabes esa lista verás que tipo de persona eres, entonces podrás plantearte si quieres serlo o no.
-Si lo sé vengo solo a pedir.
-¡Jaja! Para ser hetero eres muy puta.
-Gracias Leo.
-Las tuyas. Va, volvamos con el grupo, me muero de ganas de tocarle las tetas a Patri yo creo que se ha vuelto a operar. ¿No crees?
-Ehmm… sí, sí.- Pero mi cabeza está en otro lugar mucho más lejos que las tetas de Patri.
Nos damos media vuelta para volver con el grupo cuando empieza a sonar Heaven de Bryan Adams a toda pastilla. Todo el mundo se gira a la vez y pone su mirada en una escalinata que conduce hacía un recinto con las paredes de cristal y mesas adornadas. De dentro salen veinte tíos disfrazados de caballeros del siglo XVIII y se colocan a lado y lado del camino desenfundando un sable y cruzándolo con su semejante creando una especie de arco. Tres niñas vestidas de un blanco nuclear y con una diadema floreada en la cabeza pasan por debajo con un cesto de mimbre cada una y lanzando pétalos de rosa roja, azul y blanca respectivamente. Acto seguido aparece Laura con quien supongo es su marido saludando con una mano enfundada en un guante blanco y la otra cogida a la de su nuevo esposo.  Es en ese momento cuando la última niña, la de los pétalos blancos, se cae al suelo y Laura, que no la ha visto en su afán de saludar como si fuera la princesa de Suecia, cae a plomo al tropezar con ella. Se para la música y Laura se levanta con la ayuda de su marido y de dos caballeros. Tiene la nariz completamente llena de sangre y el vestido manchado de azul y rojo. Se oyen gritos de algunas invitadas y la madre de Laura se desmaya. Su padre, que si no recuerdo mal, es un famoso doctor de la Clínica Dexeus se acerca a ella y examinándola lanza un veredicto como si de un antiguo emperador romano se tratase.
-Está rota- Dice en voz tan alta que todo mundo pueda oírlo.
-Papá aleglala por favor.- Dice Laura sonando como si llevase constipada toda la vida.
-¿En qué se parece una vaca a un edificio?- Le dice.
-¡Pero que demon…!
¡CRACK!
Se oye un crujido como si el viento hubiese roto la rama de un árbol y acto seguido el grito más agudo que había escuchado hasta el momento.
-Arreglada.- Dice su padre con una sonrisa. -Ve a lavarte y sigamos con el día más feliz de tu vida.
Laura le da un abrazo y desaparece con su madre y su hermana.  La gente empieza a aplaudir como si no hubiera un mañana. Si me pinchan no me sacan sangre.
Apuro la copa de un trago y busco una silla para sentarme. Va a ser un día largo, tengo la sensación de tener resaca y prácticamente no he empezado a beber. 

Continuará... y esta vez sí acabará en las siguientes cuatro palabras.

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